Los cantiles

Parece que todo está dicho sobre Cuba, que casi nada queda por explorar; cuando descubres, de pronto, uno de esos lugares que sienta de maravilla en el espíritu por el aire que se respira junto a tanta agreste naturaleza. Los Cantiles es uno de esos sitios al sur de la oriental provincia de Granma que no parece destinado al turismo internacional. Es una base de campismo, a orillas de un río natural, para bañistas poco exigentes en cuanto a condiciones del lecho que pisan.

Un desvío antes de llegar al poblado de Santa Rita conduce a la villa por improvisados caminos. Apartada del mundo, si de comunicaciones se habla. Un lugar donde los celulares dejan de funcionar, y un único teléfono público que, al presionar dos teclas, puede comunicarte con cualquier hogar de la isla sin ser precisamente al que llamas o empeñarse en no dar tono, durante horas.

Allí, donde las elevaciones de Cuba comienzan a despuntar y los sonidos del entorno estremecen el cuerpo con lo solitario del paraje, recuerda uno los filmes de suspenso en que, a viva voz clamas por algo o alguien y la naturaleza traga impasible tus gritos.

Lo más emocionante es seguir el serpenteo del río. No tan sinuoso como escabroso el andar sus orillas; con partes hondas, otras no tan profundas. Lleno de piedras lisas o cortadas como de tajo; unas molestas y las más como obras de arte. Senderos poco explorados por los campistas, quienes suelen quedar en las inmediaciones de las cabañas.

ImagenA ambos lados, como despeñaderos si se les mira desde arriba, dos paredes de piedra erosionada por los continuos crecimientos y descensos del río, se extienden a considerable altura de nuestras cabezas. En ocasiones, el sendero acaba o es demasiado riesgoso y sólo es posible continuar desde la otra orilla.

El lecho del río está lleno de muchos grandes pedruscos que sobresalen, y no son raros los continuos descensos que hunden de improviso el cuerpo si por él se camina. Tampoco falta el peligroso y hasta jocoso resbalón provocado por el limo en las piedras más lisas.

A los lados, pequeñas aberturas en las paredes simulan cuevas y algunas lianas dibujan cortinas a su alrededor. Kilómetros y más kilómetros se pueden recorrer mirando las figuras y formas que calca la naturaleza en las rocas de los costados y en las que sobresalen en el río.

Muchas pequeñas cascadas descubren una vigorosa corriente capaz de arrastrarte si no hay sostén fuerte. Estructuras en la piedra semejan jacusis dentro del propio río, casi nunca muy profundo. Cortinas de agua te esconden. Grandes pedruscos, que pudieron desprenderse alguna vez de los farallones, yacen en el centro del río en forma de altares. Y en medio de tanta sorpresa, encuentra uno curiosas posiciones y vistas para fotos.

Para los más arriesgados algo de alpinismo es probable hacer. No existe guía para esta excursión que puede iniciar en la mañana y aún no acabar del todo en la tarde. Es el contacto crudo con la naturaleza. Las caídas de un buen resbalón, los rayones de las piedras y espinos que trenzan el camino, quizás quedar con el pie atrapado entre varias rocas dentro del agua.

Un destino para amantes de la naturaleza sencilla y enrevesada, de la exploración propia, sin terceros especializados ni atajos demasiado trillados por otros turistas. Un viaje para respirar aire puro, y dormir en la noche el placido sueño del cansancio. Es la aventura de uno o varios días cargados de risas, de admiración y asombro por las cosas simples de la naturaleza.

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