Palacio de la Bahía
Palacio de la Bahía - Marruecos

Marrakech despierta los sentidos del viajero con una auténtica experiencia sensorial: tiene un color, olor y sabor diferente a cualquier otra ciudad del mundo.

Cada tarde, Jemaa el Fna, la plaza que es Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, queda invadida por los olores del cordero recién cocinado en los puestos que se montan y desmontan a diario. Mientras se contempla el espectáculo desde la terraza del café de la France, el viajero puede degustar un té a la menta como sólo saben hacerlo en el país norteafricano. Músicos, echadores de cartas, saltimbanquis y magos comparten de forma sosegada, el gran escenario de la plaza Jemaa el Fna, centro de la vida pública de la ciudad.

Zocos, palacios, museos, talleres de artesanos y tiendas de las mil y una noche salen al paso del turista mientras camina por el sur de la medina de Marruecos. El mejor lugar para iniciar el recorrido es por una de las puertas de la antigua muralla, la de Bab Agnaou, una magnífica entrada de granito azul decorada con arcos concéntricos. De aquí se llega a las tumbas Saadíes, en las que reposan los restos de los miembros de la dinastía saadí, la que reinó en Marruecos durante los siglos XVI y XVII.

Bab Agnaou

Otra parada obligada son las ruinas del palacio El Badi, que fue el más esplendoroso de toda África, a imitación de la Alhambra de Granada. El Palacio Bahía se construyó a finales del siglo XIX con el objetivo de ser el templo más impresionante de todos los tiempos, mismo lugar donde se filma Indiana Jones.

En el zoco de los tintoreros, el visitante queda deslumbrado ante el colorido de las telas colgadas al sol, mientras el oído trata de descifrar cuál es la mejor oferta de todas las que gritan a los cuatro vientos los comerciantes del zoco de Btana. Estar aquí supone un viaje en el tiempo hasta la ciudad del siglo XII. Obligado el regateo, al igual que en el resto de zocos diseminados: el de las alfombras, babuchas, especias… El segundo eje comercial de la urbe es el barrio de La Mellah, lugar ideal de compras sin los agobios de los zocos. Sin dejar esta zona se llega a la Miâara, cementerio judío del siglo XVII. El bullicio de las calles de Marrakech da paso a algunos de sus maravillosos jardines. Como los de Agdal, repleto de naranjos, higueras y árboles frutales.

Jemaa el Fna

Una de las principales atracciones turísticas de la ciudad es el esbelto minarete de la mezquita de Koutoubia, visible desde muchos puntos de la ciudad. Es una torre almohade de 70 metros de altura -obra maestra de la arquitectura islámica-. Tampoco puede escapar al interés del turista la Madraza Ben Youssef, exquisito conjunto arquitectónico con bellos estucados, azulejos y maderas. Aquí llegaron a residir hasta 900 estudiantes que se sabían de memoria el Corán. La nota cultural la pone el Museo de Marrakech, emplazado en una casa típica de la Medina, también de obligada visita.

Y para dejarse tocar y lograr una piel limpia, y sin impurezas, nada mejor que acudir al hammam. En estos baños árabes poder relajarse exige todo un ritual. Existen un par de ellos de calidad en las inmediaciones de la plaza de Jemaa el Fna.

Una de las mejores opciones para descansar en Marruecos son los riads, antiguos palacios y casas tradicionales ahora rehabilitados y transformados en preciosos Bed & Breakfast. El ambiente suele ser excelente y acogedor. Los hay de muchas categorías y precios, los que parten desde los $51 la noche. Fuera de las murallas de la urbe se ubican la mayor parte de hoteles convencionales.

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