Cafe Tortoni de Buenos Aires
El bello Café Tortoni de Buenos Aires - Flickr.com

“Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese que se yo, viste?”, dice una balada del poeta uruguayo Horacio Ferrer, musicalizada por el gran bandoneonista Astor Piazzolla; y vaya si estas palabras hacen justicia a la capital argentina.

Buenos Aires tiene un que se yo, que podríamos animarnos a describir: Repleto de historia en sus calles y construcciones; adornado de arte, grandes carteles publicitarios y gente durmiendo en las veredas; atestado del tumulto de una gran ciudad que se mueve con igual capacidad para la nostalgia que para la resistencia; Buenos Aires grita, hace ruido, nunca se apaga; todo lo da y todo lo quita, sino aprendemos a mirar.

Buenos Aires es como un tango, recio y tierno a la vez; a la defensiva, pero dispuesto a brindar lo mejor de sí cuando se enamora.

Un elemento indispensable de la cultura porteña, son los cafés. El porteño no sólo va al café a tomar algo, sino que pasa en él gran parte de su día: Lee el diario completo, mira por la vidriera, se encuentra con amigos, conversa, escribe, encuentra la solución a todos los problemas del mundo, teje sueños imposibles. Que no te sorprenda si en un café de Buenos Aires, ves en la mesa de al lado, a una pareja matándose a besos o a insultos. Todo puede suceder allí, no es nada menos que una representación a escala de la ciudad.

Algunos de los bares que acompañaron la evolución de Buenos Aires y brindaron a sus habitantes, una bebida perfumada y cobijo entre sus paredes, a lo largo de los años, fueron:

Café Tortoni

Fundado en el año 1858, por un francés que tomó prestado su nombre de un bar de París, el Café Tortoni fue reducto de artistas y poetas, grandes figuras de la cultura como Benito Quinquela Martín, Jorge Luis Borges, Federico García Lorca, Alfonsina Storni y González Tuñón; y fue pasaje obligado para celebridades como Carlos Gardel, Hillary Clinton, Atahualpa Yupanqui, Rey Juan Carlos de Borbón y Joan Manuel Serrat.

Sus paredes fueron testigo del colorido paso del tiempo, y hoy, cual fiel testimonio de aquellos años, muestran orgullosas una infinidad de fotografías, pinturas y recuerdos, que se entremezclan con los techos y ventanas vitrales, para dar identidad al café más antiguo de Buenos Aires.

En las diferentes salas del bar, se puede disfrutar de espectáculos, así como de una muestra de arte permanente. Para degustar: imperdible el café con churros.

Las Violetas

Otro de los más antiguos cafecitos de Buenos Aires, Las Violetas, fue fundado allá por 1884 (incluso con la presencia del posterior presidente Carlos Pellegrini) y dio cobijo a las figuras de la literatura y la política de la época. Una peculiar anécdota cuenta que un día, el famoso jinete Irineo Leguisamo, se sentó en una mesa de Las Violetas y preguntó por los dulces; el pastelero, gran fanático suyo, se atrevió a dedicarle una torta que terminó bautizada “Leguisamo”.

El edificio del café fue restaurado en diversas ocasiones, pero siempre mantuvo su estilo original; posee columnas con apliques de bronce, cielo razo estucado y preciosas ventanas curvas de vitraux, provenientes de Francia.

Las Violetas funciona como restaurante y confitería, presentando entre sus delicias: Torre Panqueque Las Violetas, bocados salados y fastuosa mesa de dulces.

El Banderín

Actual templo de adoración masculina del fútbol, El Banderín, fue fundado a fines de la década del 20’ y claramente debe su nombre, a los más de 400 banderines de clubes de fútbol, que hay colgados en su interior, junto a camisetas autografiadas. Por allí pasaron personajes como Carlos Gardel, Ángel Firpo, y el gran humorista Tato Bores. Cuenta la historia, que en el año 1942, el gran bandoneonista Aníbal Troilo, fue a tocar a la cárcel de Caseros y los presos le regalaron una bandera de fútbol hecha con sus propias manos, que hoy, adorna las paredes de El Banderín.

Ver Cafetines Históricos de Buenos Aires Parte II.

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